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LA INFLUENCIA DE LA PERCEPCION ESPACIAL EN LA CONFIGURACION DEL IMAGINARIO CAPTADO EN TORNO A SANTIAGO DE CHILE
Rodrigo Hernán Rocha Pérez Geógrafo de la Universidad de Chile. Magíster © en Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Chile. Profesor del Departamento de Historia y Geografía de la Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación y de la Escuela de Historia de la Universidad Diego Portales. RESUMEN Una de las áreas más interesantes en Geografía dice relación con los estudios sobre la percepción de una sociedad o los individuos sobre su espacio local, común o global, más aún, a la luz de los trabajos disciplinares vinculados a los estudios culturales que en las últimas décadas han puesto al tapete las configuraciones de imaginarios en ciudades y sectores rurales. Precisamente, este estudio, originalmente expuesto en la revista CONTEXTOS de la UMCE, pretende un acercamiento de dichas temáticas sobre la base de miradas pasadas y actuales, canónicas e individuales, en la ciudad de Santiago de Chile, a modo de aporte - y sujeta a críticas- que permita dimensionar el amplio espectro de los estudios geográficos de la actualidad y su riqueza teórica. Palabras clave: Geografía, Santiago de Chile, percepción, topofilias, topofobias. ABSTRACT One of the most interesting topics in Geography says relation with studies about the perception of a society or the individuals on his local space, common or global, especially speaking, in relation with works about cultural studies wich in the last decades analyse the configurations of spaces in cities and rural sectors. Precisely, this study examines some of spatial perceptions about Santiago of Chile, Recognizing the wide spectrum of the geographic studies of actuality and his wealth of knowledges. Keywords: Geography, Santiago of Chile, perception, topophilia, topophobia. “Santiago, quiero verte enamorado
y tu habitante mostrarse sin temor en tus calles sentirás mi paso firme y sabré de quién respira a mi lado”[1] Según como se mire... todo depende.
Sin lugar a dudas que el uso de las fotografías permite un apoyo para la comprensión de los fenómenos geográficos en la ciudad. La Alameda en 1923 se aprecia serena y pueblerina en comparación con l a misma arteria urbana en los albores del siglo XXI. Para muchos, una visita al centro de la ciudad es un verdadero suplicio por la congestión vehicular o humana. Una topofobia, como diría el geógrafo Yi-Fu Tuan. Pero, ¿cómo ese mismo espacio geográfico puede convertirse en pasión y amor en medio de una protesta ciudadana? Los espacios vividos nos pueden traer muchas sorpresas y contradicciones. 1. DE TOPOFILIAS (FOBIAS) Y PERCEPCIONES Con el avance de las ciencias empírico-analíticas en la Geografía, se impuso una visión nomotética, explicativa, abstracta, euclidiana, neutra y objetiva. Importaba la explicación por sobre la comprensión del fenómeno. A partir de la década de 1960, principalmente en el mundo geográfico anglosajón, una mirada histórico-hermenéutico comenzó a desarrollar una visión del espacio geográfico subjetivo y psicológico, a la luz de la Geografía de la Percepción y la Geografía Comportamental. Una mirada fenomenológica, existencialista e idealista. Con el auge de los estudios estructuralistas de orden marxista, durante los años '70, el espacio geográfico será visto como un producto social de raíz económica. Sin embargo, con el desarrollo de las críticas hacia la modernidad y sus metarrelatos, posterior a 1980, comenzarán a establecerse otras opciones críticas, como las denominadas Geografía Realista, basada en la Teoría de la Estructuración de Giddens y la Geografía Posmodernista. Mas, en este punto, quisiera detenerme algo más en la denominada Geografía de la P ercepción, cuyo representante más conocido es Yi-Fu Tuan, actual profesor emérito de la Universidad de Wisconsin-Madison, Estados Unidos. Inmerso en las perspectivas humanistas de la Geografía, Tuan reflexiona sobre los fenómenos geográficos con el fin de lograr una mejor comprensión de los seres humanos y su condición espacial asociada a la conciencia humana. Como sostiene Unwin (1995): “El significado y la percepción revelan la existencia de un sujeto en oposición a un objeto -y en el ámbito geográfico ello se logra- por medio de la construcción social de los lugares, considerando su carga emotiva, estética y simbólica”. En ese sentido Tuan establece que en un territorio, cual sea éste, los individuos mantienen una serie de topofilias y topofobias. Las topofilias se caracterizan por un grado de emotividad y afecto con (por) un lugar, en cambio, las topofobias representan aquellos espacios que los individuos rechazan o en donde hay falta de arraigo y sentido de pertenencia. Para quien escribe este artículo, un santiaguino de toda la vida, topofilias constituyen los grandes parques de la urbe; las arquitecturas interiores de las principales iglesias católicas[2]; un estadio lleno cantando al unísono los temas de un grupo musical de agrado; o una sala de teatro. Topofobias, en cambio, son la intersección de la Alameda con calle San Antonio[3]; los grandes y modernos mall; o las playas de estacionamiento. Pero lo extraordinario es que esta clasificación de Tuan no es entendida por todos de la misma manera. En mi experiencia de profesor de Geografía con estudiantes de Historia en algunas universidades capitalinas, cuando hablamos sobre el tema y pregunto a los estudiantes sobre sus percepciones urbanas, algunos señalan como topofilias el Cementerio General[4] o tradicionales bares como “La Piojera”. Acá cobra sentido otra vez el título del cuadro de imágenes del principio de esta lectura: “según como se mire... todo depende”. 2. DE (NO) LUGARES Y PERCEPCIONES Con el triunfo de las posturas derivadas de la Teoría Crítica y los Estudios Culturales en la disciplina, el concepto de lugar ha vuelto a adquirir notoriedad en los escritos geográficos. Si el espacio geográfico es nuestra quintaesencia, caracterizada por su historicidad, constante dinamismo, heterogeneidad y producción social, el territorio es donde se desarrollan sociedades e individuos. Un territorio se vincula con el grado de control, dominio o gestión que un grupo humano (o un grupo de ese grupo) pueda ejercer sobre sus pares, de tal manera que en el caso de un país, el control territorial lo ejerce, por ejemplo, el aparato estatal. Del estudio y comprensión del territorio nacen los grados de territorialidad y desterritorialización. Así por ejemplo, la señora Juanita[5] que tradicionalmente mantenía un almacén en el antiguo camino a Melipilla con la avenida Américo Vespucio Sur, vio cómo producto de los cambios económicos de la ciudad, su negocio literalmente quebró ante la instalación de un vecino mucho más poderoso y aglutinante: el mall Plaza Oeste. El dominio territorial de éste, desterritorializó a la señora Juanita. Pero una tercera escala de análisis se impone en la Geografía de los albores del siglo XXI: el lugar, que se caracteriza por los nexos identitarios de quienes en él habitan. Un lugar es sinónimo de cotidianeidad, compartimiento y decisión común. El lugar es habitar, es dialogar, es transmisión de vivencias, es dar sentido al espacio geográfico. El vínculo afectivo del individuo con su entorno material, de un grupo humano con el lugar, expresado, por ejemplo, por medio de las topofilias. Sin embargo, a la par del surgimiento de las premisas posmodernas, desde la antropología aparece el concepto del no-lugar[6], que sugiere una completa falta de historicidad en una parte del espacio geográfico, unido a la ausencia del lenguaje y afecto territorial. Esta suerte de toponegligencia, ocasionaría lugares de paso, sin sentido afectivo, como las estaciones de trenes o buses, los grandes centros comerciales o una carretera interurbana. De ser así, la imagen superior derecha del inicio de este trabajo constituiría un no-lugar. Mucha gente, todos de paso, sin contacto verbal o textual, un lugar sobremoderno, necesario en la vorágine capitalista de la urbe, pero en extremo frío e insensible[7]. Ergo, la pregunta acá es ¿cómo entiendo la imagen inferior de la pareja expresando su amor en dicho no-lugar? Sin ánimo de ser majadero: “según como se mire... todo depende”. Terminando esta parte, una ejemplificación sobre la base de la opinión de un especialista en historia arquitectónica y urbana. En una entrevista que Cristián Warnken realizara a Miguel Laborde Duronea[8] y que la revista virtual Bifurcaciones publicara en su página web, Warnken pregunta a su entrevistado si los chilenos tenemos problemas para habitar los espacios públicos, a lo que Laborde señala: “(...) pienso en la Alameda tal como la concibió O`Higgins, un campo de la libertad civil, un espacio para la ciudadanía. Por eso las casonas de la Alameda empezaron a sacar mesas a la calle y generar una vida pública muy rica. (...) pero ya en el siglo XX la ciudad se va disgregando y ese calor urbano no se volverá a repetir. Perdura ese esquema de gente con vidas puertas adentro (...)”. Como consecuencia, una de las maravillas de los estudios territoriales: la historicidad del espacio geográfico. Ese estresante (no) lugar como es la Alameda contemporánea, lleno de ruidos, inseguridad y smog, hace 200 años tuvo una percepción e imaginación urbanística completamente diferente. “Cambia todo cambia” diría Julio Numhauser. 3. DE IMÁGENES CAPTADAS Y FORMAS TERRITORIALES CANONICAS Tal como señalara Alfredo Jocelyn-Holt[9], las imágenes no son sólo representaciones aparentes de un objeto o cosa, sino representaciones vivas de una visión (intuitiva, poética, etc.) por medio del lenguaje y que puede ser captada o creada. Desde su perspectiva, una imagen captada representa, por ejemplo, la visión (ilusión) de uno mismo pero desde el pasado. Es lo que se vislumbra en la “Histórica Relación del Reino de Chile” de Alonso de Ovalle (1646)[10] cuando el citado autor nos entrega una de las representaciones más canónicas posibles de observarse en la historia nacional: el Valle de Santiago[11]. En rigor, Ovalle ve cosas que después todos los demás verán para el mismo lugar, captando lo sensible, la ilusión, las bases de un mito fundante que se recrea al hacer memoria de él[12]. La pregunta clave en esta parte del relato es: ¿Puede una imagen canónica ser desarrollada desde la percepción individual o colectiva? Al respecto, creo que la respuesta es afirmativa. En efecto, el uso de la percepción en Geografía no solamente se limita a un lugar territorialmente pequeño, como una vivienda, un barrio o la ciudad en su conjunto, sino también a la meso y macro escala. Siempre he pensado que esta metrópoli que es Santiago de Chile, se recrea y desarrolla con los ojos vendados de la mayor parte de sus habitantes hacia su horizonte reconocible. Para ningún ariqueño es un suplicio mental recordar el nombre (y exacta ubicación) de la playa La Lisera; para ningún temuquense el cerro Ñielol. Más, probablemente para ningún santiaguino el cerro San Cristóbal, pero el desconocimiento toponímico del resto de los íconos físicos del valle del Maipo que nosotros vemos y miramos diariamente desde la urbe es sorprendente. Quizás ni un tercio del citadino sepa dónde queda el cerro San Ramón, aunque lo vemos majestuoso en todo Santiago. Sin embargo, aun existiendo esta realidad de poca cultura toponímica, hay un mínimo común múltiplo en todos nosotros. Santiago se abre ante los brazos cordilleranos. Santiago se obnubila ante tanto cerro o montaña, conformando una topofilia de gran fuerza y tradición histórica. Ello encandiló a Ovalle, aun cuando Santiago era una ciudad de Colonia limitada a algunas manzanas, y sigue encandilando hoy cuando la urbe alcanza los seis millones de habitantes. Un buen ejemplo de lo anterior nos lo entrega nuevamente Laborde, cuando Warnken reflexiona en torno a las actitudes fundamentales para habitar y crear urbe mirando su territorio. “Hay una fuerza geográfica que ha marcado duramente nuestra historia (...) El territorio ha sido tremendamente difícil, pero al mismo tiempo hay poética en eso, hay una belleza del paisaje (...) Esta ciudad tiene una cordillera espectacular, esta ciudad debería ser un mirador y estar focalizada en función de ese paisaje espectacular (...) Invité una vez a un arquitecto argentino a pasear por Santiago (...) y me decía ¡pero qué maravilla! Nosotros en Buenos Aires estamos abandonados a esa planicie y tenemos que inventar el lugar del ser humano en el espacio tratando de levantar hitos, una cierta verticalidad que dialogue con esa feroz horizontalidad (...)”. En síntesis, la importancia de las imágenes canónicas territoriales y su configuración como una muestra de percepción espacial colectiva, simbólica e histórica, permiten entender cómo nosotros mismos nos vamos mirando y analizando. Para la mayoría, la hermosura del paisaje colindante a la ciudad (sus montañas) reafirma una topofilia, aunque sarcásticamente creo que para aquellos que se encargan de las políticas de descontaminación ambiental en la cuenca definitivamente (sus montañas) son una topofobia[13] o, al menos, pilar de un grave problema. 4. LA PERCEPCION ESPACIAL Y LA CONSTRUCCION COLECTIVA DEL TERRITORIO Como señala el arquitecto, filósofo y geógrafo Carlos Yory (2007) “La idea de topos (...) supone esta particular noción de philiación que en tanto nos determina como seres histórico-sociales y, por lo mismo, culturales (...) de este modo, no es que en sentido estricto estemos adscritos a un lugar, sino a una determinada idea de mundo a través de él”. Mas, disintiendo de la afirmación de Tuan, en cuanto a que la relación con los lugares que vivimos es principalmente de tipo psicológico, es, por el contrario, en esencia ontológica. “Con lo anterior afirmamos que la forma de ser del hombre es, y no otra, espacial (...) La noción de topofilia alude tanto a la eventual relación de cada cuerpo individual con otros cuerpos individuales, como a la relación del propio cuerpo social con el topos mayor con el que cada caso se inscribe y, de tal suerte responde: Un barrio, una ciudad, una región, un continente o el mundo en general (...) La topofilia es nuestra existencia, o mejor, el modo como la ejercemos, la que abre el espacio dotándolo de sentido y proporcionándole una forma (...) no es un acto cualquiera, sino que resulta ser el más propio de nuestra condición humana (...) no reducible a un simple sentimiento de filiación a lugares concretos”. En ese sentido, nuestras imágenes de la ciudad se ven afectadas (o condicionadas) por razones sentimentales y estructurales. La ciudad es vivida e imaginada por sus integrantes, tanto como es consecuencia de procesos de dominio y poder manifestados territorialmente. Acá obra sentido el ejemplo manifestado anteriormente. Un no-lugar se constituye en lugar en la medida que hay un sentido de pertenencia y aprovechamiento del espacio descrito. Un frío mall pensado para el homo economicus es también una forma de socialización de quienes hacen uso de él. La señora Juanita –la del almacén en el camino a Melipilla- puede pasar de un sentimiento de topofilia con su entorno, en la medida que le posibilita una entrada de dineros para su familia, al rechazo topofóbico absoluto al ver cómo ese mundo espacial se le ha escapado de las manos y cada vez es más mezquino a sus intereses económicos o sociales. De la utopía al recuerdo. De la algarabía a la rabia contenida. Agregaría, por tanto, que el espacio geográfico, sus imágenes y territorialidad, van de la mano de las cond uctas culturales y temporales. El espacio es un producto social material e inmaterial, individual y colectivo, local y global. 5. SOBRE LA SEGREGACION SOCIO-ESPACIAL DE LA URBE Para nadie es un misterio que la ciudad de Santiago se caracteriza por su grosera segregación socio-espacial. En un trabajo desarrollado por quien escribe, en el marco de un Congreso Internacional de Geocrítica[14], se sostiene que si bien es cierto la urbe ha tenido históricamente conductas de segregación espacial, no es sino con las políticas de liberalización de los suelos en la década de 1970, cuando la ciudad comienza a mostrar espacialmente su cara actual de segregación social mayor. Una ciudad donde ricos y pobres tienden a separarse físicamente de manera sostenida y sin vuelta. Pero, ¿de qué manera ello puede tener relación con la percepción ciudadana de su entorno segregado? Probablemente una de las facetas más estudiadas, pero no por ello menos inquietante, se relaciona con el anillo o semiluna de conjuntos de vivienda social en la periferia poniente y sur de la ciudad. Santiago ha crecido horizontalmente de manera escandalosa en las últimas tres décadas, comiendo literalmente parte de los mejores suelos agrícolas del país y configurando un escenario de problemáticas sociales que, de vez en cuando, aparecen en los noticieros de la televisión, a propósito de la generación de ghetos, pandillas, narcotraficantes, cesantía y rebeldía. Barrios (o poblaciones) que se caracterizan por la falta de áreas verdes, carencia de infraestructura social y deportiva, escasez de metros cuadrados construidos y mala calidad de las viviendas. Creo que la mejor forma visual de representación de dicho cuadro se aprecia en la película de Cristián Galaz (1999) “El chacotero sentimental”, en particular con la tercera historia[15], protagonizada por Tamara Acosta y Pablo Macaya. En dicho film se aprecia la realidad de los pobladores en los estrechos departamentos de una población marginal al sur del Gran Santiago[16].
Para quienes habitan los conjuntos habitacionales de viviendas sociales del Gran Santiago, el entorno espacial de dichos lugares constituye una mezcla de rabia, incertidumbre y afianzamiento de lazos comunes. Un palimpsesto de realidades. Una forma de alienación social y una necesidad de aunar esfuerzos colectivos. Aquellos que viven en realidades socio-económicas mejores que en la situación descrita, ven ese entorno como una topofobia extrema. Un no desear ser parte de dicho lugar, un lunar oscuro en el paisaje capitalino. Quizás por eso la necesidad oficial de esconder la pobreza, sacarla del escenario del centro de la urbe. Mas, con seguridad, para el mismo poblador tampoco sea, paisajísticamente hablando, un lugar de agrado. El pobre más que miedo a la pobreza le tiene rabia, como dijo en alguna ocasión Osvaldo “Gitano” Rodríguez, pero poco puede hacer con sus manos para superar dicha situación sin una mirada estructural. Sin embargo, por diversas y paradójicas razones, el habitante del lugar siente una topofilia poderosa. La unión de identidades comunes frente a la desesperanza. Se siente, en parte, identificado con dicho espacio. Es tan grande el sentimiento cultural de pertenencia y desazón, que otras realidades socio-espaciales en la urbe le resultarían completamente ajenas. Como me dijese alguna vez un amigo de la población La Legua, Santiago de Chile: “me costaría irme de ese lugar. Ahí está mi vida, mis recuerdos, mis experiencias. Irme sería casi como olvidar mi pasado... algo fuerte me ata a dicha población” Por eso las dos imágenes anteriores, el uso efectivo del lugar y la carencia de espacios recreacionales o funcionales fuera de la vivienda. El pasaje compartido comunitariamente para Año Nuevo o Fiestas Patrias de la mano de la indignación y la segregación. La configuración de una idea de mundo sobre la base del lugar. Pero he acá la paradoja, potentados y carentes, probablemente de manera mayoritaria, pueden en sus propias trincheras –opuestas en lo urbanístico- sentir y desarrollar las mismas topofilias comunes, como hacia el imponente y extraordinario paisaje cordillerano frente a nuestras caras. Grandioso y mudo testigo de nuestras propias contradicciones. De nuestro Santiago de Chile: una de las ciudades más segregadas socio-espacialmente de América del Sur. De según como se mire... todo depende. REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS AUGE, Marc. “Los no lugares: espacios del anonimato. Una antropología de la sobremodernidad”. Gedisa SA, Barcelona, España. 1993. HOLT-JENSEN, Alfred. “Geografía: Historia y conceptos”. Vicens Vives SA, Barcelona, España. 1992. JOCELYN-HOLT, Alfredo. “Historia General de Chile, tomo I (el retorno de los dioses)”. Planeta. Buenos Aires, Argentina. 2000. LOWENTHAL, David. “El pasado es un país extraño”. Akal SA, Madrid, España. 1998. ROCHA, R.; ANTILEF, P.; VILLARROEL, J. “Políticas de vivienda social en el Gran Santiago: proletarización de los sectores populares urbanos”. Scripta Nova. Revista electrónica de Geografía y Ciencias Sociales. Vol IX, núm. 194 (31). Barcelona, España. 2005. TUAN, Yi-Fu. “Topofilia: un estudio de la percepción ambiental, actitudes y valores”. - - Melusina SA, Barcelona, España. 2007. UNWIM, Tim. “El lugar de la Geografía”. Cátedra SA, Madrid, España. 1995. YORY, Carlos. “Del espacio ocupado al lugar habitado: una aproximación al concepto de topofilia”. Revista La Ciudad Pensada. Serie Ciudad y Hábitat. Barrio Taller. Año 13, Documento 12. Bogotá, Colombia. 2007. Notas [1] Fragmento de la canción “A mi ciudad” del grupo nacional Santiago del Nuevo Extremo. [2] Sin necesariamente considerarme creyente. [3] Creo que no hay otro lugar en la ciudad que genere mayor estrés visual y sonoro que dicha intersección de calles. [4] Por la arquitectura de sus nichos o el simple hecho de visitar tumbas antiguas o de personajes públicos. [5] Aquel etéreo e ilustrador nombre ficticio que tanto gustaba decir a un ex presidente de Chile para referirse a los millones de seres comunes y corrientes de este país. [6] Me refiero particularmente a la visión del antropólogo Marc Augè. [7] Debo confesar mis distanciamientos con el concepto de no-lugar, principalmente por el carácter eurocentrista del mismo. En síntesis, considero que aún los no lugares son lugares: un mall puede ser la única forma de entretenimiento de una familia de escasos recursos el fin de semana; una estación de buses puede generar situaciones de oralidad muy significativas; etc. El tema central acá se relaciona con las especificidades del territorio. En América Latina los espacios no se cualifican de igual manera que en Francia. Sin embargo, comparto que estos temas se debatan y se pongan en el tapete geográfico. [8] En el libro “Pensamiento Propio: Cinco viajes alrededor de una mesa”. Editado por Cristián Warnker y publicado por Minera Escondida. Santiago de Chile. 2003. [9] En el marco de su curso “imágenes en la Historia: Usos y (sin) sentidos” que es parte del Magíster de Estudios Latinoamericanos que he cursado en la Universidad de Chile. De hecho, este trabajo se presentó para dicho curso. Diciembre del año 2007. [10] Planteado en “Historia General de Chile. Tomo I. El retorno de los dioses”. [11] Geográficamente es mucho mejor referirse al valle del Maipo, ya que desde los estudios geomorfológicos un valle se define sobre la base del río más importante de la cuenca. Sin embargo, desde el sentido común se sigue hablando del valle de Santiago o valle de Rancagua, por citar dos ejemplos. [12] Aun cuando para Jocelyn-Holt el real simbolismo del Valle de Santiago recae en su condición fúnebre, de cementerio prehispánico, lo que a la larga estructura una sociedad sobre la base del sacrificio humano y muchas veces, de pérdida de racionalidad. [13] En más de alguna oportunidad he escuchado sobre la necesidad de “cortar” los cerros de la cuenca de Santiago para permitir una mejor ventilación interna. Nuestro valle, al estar rodeado de cerros por todos lados fomenta aun más la concentración de smog. [14] Desarrollado en la Pontificia Universidad católica de Chile en el año 2005. [15] Titulado “Todo es cancha”. [16] Otra película chilena recomendable a modo de comparación es “Mala leche” de León Errázuriz (2004).
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